domingo, 20 de abril de 2014

Prefacio

La mayor parte de las aventuras relatadas en este libro son cosas que han sucedido: una o dos me ocurrieron a mí; el resto, a muchachos que fueron mis compañeros de escuela. Huck Finn está tomado del natural; Tom Sawyer también, pero no los de una sola persona: es una combinación de los rasgos característicos de tres mozalbetes conocidos míos, y pertenece, por tanto, arquitectónicamente, al orden compuesto.
Todas las raras supersticiones a que se hace alusión prevalecían en la época de esta historia, es decir, hace treinta o cuarenta años, entre los niños y los esclavos en el Oeste.

Aunque este libro esté compuesto principalmente para solaz de muchachos y muchachas, espero que no por eso haya de ser desdeñado por la gente talluda, pues entró también en mi propósito el intento de hacer que los mayores recordasen con agrado cómo fueron en otro tiempo y cómo sentían y pensaban y hablaban, y en qué curiosos trances se vieron a veces enredados.

Capítulo I

-¡Tom!
Silencio.
-¡Tom!
Silencio.
-¡Dónde andará metido ese chico!..., ¡Tom!
La anciana se bajó las gafas y miró por encima todo alrededor del cuarto; después se las subió a la frente y miró por debajo. Rara vez o nunca miraba a través de los cristales a cosa de tan poca monta como un chicuelo: eran aquéllas las gafas de ceremonia, su mayor orgullo, construidas para ornato, que no para servicio, y no hubiera visto mejor mirando a través de un par de coberteras. Se quedó un instante perpleja y dijo, no con cólera, pero lo bastante alto para que la oyeran los muebles:
-Bueno; pues te aseguro que si te echo la mano te voy a...
No terminó la frase, porque para entonces estaba agachada dando estocadas con la escoba por debajo de la cama; así es que necesitaba todo su aliento para puntuar los escobazos con resoplidos. Lo único que consiguió desenterrar fue el gato.
-¡No se ha visto cosa igual que ese chico!
Fue hasta la puerta y se detuvo allí recorriendo con la mirada las plantas de tomate y las hileras silvestres que constituían el jardín. Ni sombra de Tom. Alzó, pues, la voz a un ángulo de puntería calculado para larga distancia, y gritó:
-¡Tú! ¡Toooom!
Oyó tras ella un ligero ruido y se volvió a punto para atrapar a un rapaz por el borde de la chaqueta y detener su vuelo.
-¡Ya estás! ¡Que no se me haya ocurrido pensar en esa despensa!... ¿Qué estabas haciendo ahí?
-Nada.
-¿Nada? Mírate esas manos, mírate esa boca... ¿Qué es eso pegajoso?
-No lo sé, tía.
-Bueno, pues yo sí lo sé. Es dulce, eso es. Mil veces te he dicho que como no dejes en paz ese dulce te voy a despellejar vivo. Dame esa vara.
La vara se cernió en el aire. Aquello tomaba mal cariz.
-¡Dios mío! ¡Mire lo que tiene detrás, tía!
La anciana giró en redondo, recogiéndose las faldas para esquivar el peligro, y en ese mismo instante escapó el chico, se encaramó por la alta valla de tablas y desapareció tras ella. Su tía Polly se quedó un momento sorprendida, y después se echó a reír bondadosamente.
«¡Diablo de chico! ¡Cuándo acabaré de aprender sus mañas! ¡Cuántas jugarretas como ésta no me habrá hecho, y aún le hago caso! Pero las viejas bobas somos más bobas que nadie. Perro viejo no aprende gracias nuevas, como suele decirse. Pero, ¡Señor!, si no me la pega del mismo modo dos días seguidos, ¿cómo va una a saber por dónde irá a salir? Parece que adivina hasta dónde puede atormentarme antes de que llegue a montar en cólera, y sabe, el muy pillo, que si logra desconcertarme o hacerme reír, todo se ha acabado y no soy capaz de pegarle. No; la verdad es que no cumplo mi deber para con este chico; ésa es la pura verdad. Tiene el diablo en el cuerpo, pero ¡qué le voy a hacer! Es el hijo de mi pobre hermana difunta, y no tengo entrañas para zurrarle. Cada vez que le dejo sin castigo me remuerde la conciencia, y cada vez que le pego se me parte el corazón. ¡Todo sea por Dios! Pocos son los días del hombre nacido de mujer y llenos de tribulación, como dice la Escritura, y así lo creo. Esta tarde hará novillos y no tendré más remedio que hacerle trabajar mañana como castigo. Cosa dura es obligarle a trabajar los sábados, cuando todos los rapaces tienen asueto; pero aborrece el trabajo más que ninguna otra cosa; yo tengo que ser un poco rígida con él, o voy a ser la perdición de ese niño».
Tom hizo, en efecto, novillos, y lo pasó en grande. Volvió a casa con el tiempo justo para ayudar a Jim, el negrito, a aserrar la leña para el día siguiente y a hacer astillas antes de la cena; pero, al menos, llegó a tiempo para contar sus aventuras a Jim mientras éste hacía tres cuartas partes de la tarea. Sid, el hermano menor de Tom -o mejor dicho, hermanastro-, ya había dado fin a la suya de recoger astillas, pues era un muchacho tranquilo, poca dado a aventuras ni calaveradas. Mientras Tom cenaba y escamoteaba terrones de azúcar cuando la ocasión se le ofrecía, su tía le hacía preguntas llenas de malicia y trastienda, con el intento de hacerle picar el anzuelo y sonsacarle reveladoras confesiones. Como otras muchas personas, igualmente sencillas y candorosas, se envanecía de poseer un talento especial para la diplomacia tortuosa y sutil, y se complacía en mirar sus más obvios y transparentes artificios como maravillas de artera astucia. Así, le dijo:
-Hacía bastante calor en la escuela, Tom, ¿no es cierto?
-Sí, señora.
-Muchísimo calor, ¿verdad?
-Sí, señora.
-¿Y no te entraron ganas de irte a nadar?
Tom sintió una vaga escama, un barrunto de alarmante sospecha. Examinó la cara de su tía Polly, pero nada sacó en limpio. Así es que contestó
-No, tía; vamos..., no muchas.
La anciana alargó la mano y le palpó la camisa.
-Pero ahora no tienes demasiado calor, con todo.
Y se quedó tan satisfecha por haber descubierto que la camisa estaba seca sin dejar traslucir qué era lo que tenía en las mientes. Pero bien sabía ya Tom de dónde soplaba el viento. Así es que se apresuró a parar el próximo golpe.
Algunos chicos nos estuvimos echando agua por la cabeza. Aún la tengo húmeda. ¿Ve usted?
La tía Polly se quedó mohína, pensando que no había advertido aquel detalle acusador y, además, le había fallado un tiro. Pero tuvo una nueva inspiración.
-Dime, Tom: para mojarte la cabeza, ¿no tuviste que descoserte el cuello de la camisa por donde yo te lo cosí? ¡Desabróchate la chaqueta!
Toda sombra de alarma desapareció de la faz de Tom. Abrió la chaqueta. El cuello estaba cosido, y bien cosido.
-¡Diablo de chico! Estaba segura de que habrías hecho novillos y de que te habrías ido a nadar. Me parece, Tom, que eres como gato escaldado, como suele decirse, y mejor de lo que pareces. Al menos, por esta vez.
Le dolía un poco que su sagacidad le hubiera fallado, y se complacía de que Tom hubiera tropezado y caído en la obediencia por una vez.
Pero Sid dijo:
-Pues mire usted, yo diría que el cuello estaba cosido con hilo blanco y ahora es negro.
-¡Cierto que lo cosí con hilo blanco! ¡Tom!
Pero Tom no esperó al final. Al escapar gritó desde la puerta:
-Sid, buena zurra te va a costar.
Ya en lugar seguro, sacó dos largas agujas que llevaba clavadas debajo de la solapa. En una había enrollado hilo negro, y en la otra, blanco.
«Si no es por Sid no lo descubre. ¡Caray! Unas veces lo cose con blanco y otras con negro. ¡Por qué no se decidirá de una vez por uno u otro! Así no hay quien lleve la cuenta. Pero Sid me las ha de pagar, ¡reconcho!»
No era el niño modelo del lugar. Al niño modelo lo conocía de sobra, y lo detestaba con toda su alma.
Aún no habían pasado dos minutos cuando ya había olvidado sus cuitas y pesadumbres. No porque fueran ni una pizca menos graves y amargas de lo que son para los hombres de la edad madura, sino porque un nuevo y absorbente interés las redujo a la nada y las apartó por entonces de su pensamiento, del mismo modo que las desgracias de los mayores se olvidan en el anhelo y la excitación de nuevas empresas. Este nuevo interés era cierta inapreciable novedad en el arte de silbar, en el que acababa de adiestrarle un negro, y que ansiaba practicar a solas y tranquilo. Consistía en ciertas variaciones a estilo de trino de pájaro, una especie de líquido gorjeo que resultaba de hacer vibrar la lengua contra el paladar y que se intercalaba en la silbante melodía. Probablemente el lector recuerda cómo se hace, si es que ha sido muchacho alguna vez. La aplicación y la perseverancia pronto le hicieron dar en el quid, y echó a andar calle adelante con la boca rebosando armonías y el alma llena de regocijo. Sentía lo mismo que experimentaba el astrónomo al descubrir una nueva estrella. No hay duda que en cuanto a lo intenso, hondo y acendrado del placer, la ventaja estaba del lado del muchacho, no del astrónomo.
Los crepúsculos caniculares eran largos. Aún no era de noche. De pronto Tom suspendió el silbido: un forastero estaba ante él; un muchacho que apenas le llevaba un dedo de ventaja en la estatura. Un recién llegado, de cualquier edad o sexo, era una curiosidad emocionante en el pobre lugarejo de San Petersburgo. El chico, además, estaba bien trajeado, y eso en un día no festivo. Esto era simplemente asombroso. El sombrero era coquetón; la chaqueta de paño azul, nueva, bien cortada y elegante; y a igual altura estaban los pantalones. Tenía puestos los zapatos, aunque no era más que viernes. Hasta llevaba corbata: una cinta de colores vivos. En toda su persona había un aire de ciudad que le dolía a Tom como una injuria. Cuanto más contemplaba aquella esplendorosa maravilla, más alzaba en el aire la nariz, con un gesto de desdén por aquellas galas, y más rota y desastrada le iba pareciendo su propia vestimenta. Ninguno de los dos hablaba. Si uno se movía, movíase el otro; pero sólo de costado, haciendo rueda. Seguían cara a cara y mirándose a los ojos sin pestañear. Al fin, Tom dijo:
-Yo te puedo.
-Pues anda y haz la prueba.
-Pues sí que te puedo.
-¡A que no!
-¡A que sí!
-¡A que no!
Siguió una pausa embarazosa. Después prosiguió Tom:
-¿Y tú, cómo te llamas?
-¿Y a ti qué te importa?
-Pues si me da la gana vas a ver si me importa.
-Pues ¿por qué no te atreves?
-Como hables mucho lo vas a ver.
-¡Mucho..., mucho..., mucho!
-Tú te crees muy gracioso, pero con una mano atada atrás te puedo dar una tunda si quiero.
-¿A que no me la das?
-¡Vaya un sombrero!
-Pues atrévete a tocármelo.
-Lo que eres tú es un mentiroso.
-Más eres tú.
-Como me digas cosas agarro una piedra y te la estrello en la cabeza.
-¡A que no!
-Lo que tú tienes es miedo.
-Más tienes tú.
Otra pausa, y más miradas, y más vueltas alrededor. Después empezaron a empujarse hombro con hombro.
-Vete de aquí -dijo Tom.
-Vete tú -dijo el otro.
-No quiero.
-Pues yo tampoco.
Y así siguieron, cada uno apoyado en una pierna como en un puntal, y los dos empujando con toda su alma y lanzándose furibundas miradas. Pero ninguno sacaba ventaja. Después de forcejear hasta que ambos se pusieron encendidos y arrebatados, los dos cedieron en el empuje, con desconfiada cautela, y Tom dijo
-Tú eres un miedoso y un mamón. Voy a decírselo a mi hermano grande, que te puede deshacer con el dedo meñique.
-¡Bastante me importa de tu hermano! Tengo yo uno mayor que el tuyo y que si lo coge lo tira por encima de esa cerca.
Ambos hermanos eran imaginarios.
Eso es mentira.
-¡Porque tú lo digas!
Tom hizo una raya en el polvo con el dedo gordo del pie y dijo:
-Atrévete a pasar de aquí y soy capaz de pegarte hasta que no te puedas tener. El que se atreva se la gana.
El recién venido traspasó enseguida la raya y dijo:
-Ya está; a ver si haces lo que dices.
No te vengas con ésas; anda con ojo.
-Bueno, pues ¡a que no lo haces!
-¡A que sí! Por dos centavos lo haría.
El recién venido sacó dos centavos del bolsillo y se los alargó burlonamente.
Tom los tiró contra el suelo.
En el mismo instante rodaron los dos chicos, revolcándose en la tierra, agarrados como dos gatos, y durante un minuto forcejearon: asiéndose del pelo y de las ropas se apuñaron y arañaron las narices, y se cubrieron de polvo y de gloria. Cuando la confusión tomó forma, a través de la polvareda de la batalla, apareció Tom sentado a horcajadas sobre el forastero y moliéndolo a puñetazos.
-¡Date por vencido!
El forastero no hacía sino luchar para libertarse. Estaba llorando, sobre todo de rabia.
-¡Date por vencido! -y siguió el machacamiento.
Al fin el forastero balbuceó un «me doy», y Tom le dejó levantarse y dijo:
-Eso para que aprendas. Otra vez ten ojo con quién te metes. El vencido se marchó sacudiéndose el polvo de la ropa, entre hipos y sollozos, y de cuando en cuando se volvía moviendo la cabeza y amenazando a Tom con lo que le iba a hacer «la primera vez que lo cogiera». A lo cual Tom respondió con mofa, y se echó a andar con orgulloso continente. Pero tan pronto corno volvió la espalda, su contrario cogió una piedra y se la arrojó, dándole en mitad de la espalda, y enseguida volvió grupas y corrió como un antílope. Tom persiguió al traidor hasta su casa, y supo así dónde vivía. Tomó posiciones por algún tiempo junto a la puerta del jardín y desafió a su enemigo a salir a campo abierto; pero el enemigo se contentó con sacarle la lengua y hacerle muecas detrás de la vidriera. Al fin apareció la madre del forastero, y llamó a Tom malo, tunante y ordinario, ordenándole que se largase de allí. Tom se fue, pero no sin prometer antes que aquel chico se las pagaría.

Llegó muy tarde a casa aquella noche, y al encaramarse cautelosamente a la ventana, cayó en una emboscada preparada por su tía, la cual, al ver el estado en que traía las ropas, se afirmó en la resolución de tomar al asueto del sábado en cautividad y trabajos forzados.

Capítulo II

Llegó la mañana del sábado y el mundo estival apareció luminoso, fresco y rebosante de vida. En cada corazón resonaba un canto, y si el corazón era joven, la música subía hasta los labios. Todas las caras parecían alegres, y los cuerpos, anhelosos de movimiento. Las acacias estaban en flor y su fragancia saturaba el aire.
El monte de Cardiff, al otro lado del pueblo, y alzándose por encima de él, estaba todo cubierto de verde vegetación y lo bastante alejado para parecer como una deliciosa tierra prometida que invitaba al reposo y al ensueño.
Tom apareció en la calle con un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó una mirada a la cerca y la naturaleza perdió toda alegría, y una aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu. ¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a repetir; comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto continente de cerca sin encalar, y se sentó sobre el boj, descorazonado. Jim salió a la puerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando «Las muchachas de Buffalo». Acarrear agua desde la fuente del pueblo había sido siempre a los ojos de Tom cosa aborrecible; pero entonces no le pareció así. Se acordó de que allí no faltaba compañía. Allí había siempre rapaces de ambos sexos, blancos, mulatos y negros, esperando vez, y entretanto holgazaneaban, hacían cambios, reñían, se pegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuente sólo distaba ciento cincuenta varas, jamás estaba de vuelta Jimcon una balde de agua en menos de una hora, y aun entonces era porque alguno había tenido que ir en su busca. Tom le dijo:
-Oye, Jim: yo iré a traer el agua si tú encalas un pedazo. Jim sacudió la cabeza y contestó:
-No puedo, amo Tom. El ama vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y no entretenerme con nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom me pediría que encalase, y que lo que tenía yo que hacer era andar listo y no ocuparme más que de lo mío..., que ella se ocuparía del encalado.
-No te importe lo que haya dicho, Jim. Siempre dice lo mismo. Déjame el balde, y no tardo ni un minuto. Ya verás cómo no se entera.
-No me atrevo, amo Tom. El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí!
-¿Ella?... Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hace daño, al menos que se ponga a llorar. Jim, te daré una canica. Te daré una de las blancas.
Jim empezó a vacilar.
-Una blanca, Jim, y es de primera.
-¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grande al ama vieja.
Pero Jim era débil, de carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas; Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los ojos.
Pero la energía de Tom duró poco. Empezó a pensar en todas las diversiones que había planeado para aquel día, y sus penas se exacerbaron. Muy pronto los chicos que tenían asueto pasarían retozando, camino de las tentadoras excursiones, y se reirían de él porque tenía que trabajar..., y esta idea le encendía la sangre como un fuego. Sacó todas sus mundanales riquezas y les pasó revista: pedazos de juguetes, tablas y desperdicios heterogéneos; lo bastante quizá para lograr un cambio de tareas, pero no lo suficiente para poderlo trocar por media hora de libertad completa. Se volvió, pues, a guardar en el bolsillo sus escasos recursos, y abandonó la idea de intentar el soborno de los muchachos. En aquel tenebroso y desesperado momento sintió una inspiración. Cogió la brocha y se puso tranquilamente a trabajar. BenRogers apareció a la vista en aquel instante; de entre todos los chicos, era de aquél precisamente de quien más había temido las burlas. Ben venía dando saltos y zapatetas, señal evidente de que tenía el corazón libre de pesadumbres y grandes esperanzas de divertirse. Estaba comiéndose una manzana, y de cuando en cuando lanzaba un prolongado y melodioso alarido, seguido de un bronco y profundo «ti-lín, ti-lín, ti-lón, ti-lín, ti-lín, ti-lón», porque venía imitando a un vapor del Mississipi. Al acercarse acortó la marcha, enfiló hacia el medio de la calle, se inclinó hacia estribor y tomó la vuelta de la esquina pesadamente y con gran aparato y solemnidad, porque estaba representando al GranMissouri y se consideraba a sí mismo con nueve pies de calado. Era buque, capitán y campana de las máquinas, todo en una pieza; y así es que tenía que imaginarse de pie en su propio puente, dando órdenes y ejecutándolas.
-¡Para! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! (La arrancada iba disminuyendo y el barco se acercaba lentamente a la acera). ¡Máquina atrás! ¡Ti-lín-lin-lin! (Con los brazos rígidos, pegados a los costados). ¡Atrás la de estribor! ¡Ti-lín-lin-lin! ¡Chu-chu-chu! (Entretanto el brazo derecho describía grandes círculos porque representaba una rueda de cuarenta pies de diámetro). ¡Atrás la de babor! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín!... (El brazo izquierdo empezó a voltear). ¡Avante la de babor! ¡Alto la de estribor! ¡Despacio a babor! ¡Listo con la amarra! ¡Alto! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! ¡Chistsss!... (Imitando las llaves de escape).
Tom siguió encalando, sin hacer caso del vapor. Ben se le quedó mirando un momento y dijo:
-¡Je, je! Las estás pagando, ¿eh?
Se quedó sin respuesta. Tom examinó su último toque con mirada de artista; después dio otro ligero brochazo y examinó, como antes, el resultado. Ben atracó a su costado. A Tom se le hacia la boca agua pensando en la manzana, pero no cejó en su trabajo.
-¡Hola, compadre! -le dijo Ben-. Te hacen trabajar, ¿eh?
-¡Ah! ¿Eres tú, Ben? No te había visto.
-Oye, me voy a nadar. ¿No te gustaría venir? Pero, claro, te gustará más trabajar. Claro que te gustará.
Tom se le quedó mirando un instante y dijo:
-¿A qué llamas tú trabajo?
-¡Qué! ¿No es eso trabajo?
Tom reanudó su blanqueo y le contestó, distraídamente:
-Bueno, puede ser que lo sea y puede que no. Lo único que sé es que le gusta a Tom Sawyer.
-¡Vamos! ¿Me vas a hacer creer que a ti te gusta?
La brocha continuó moviéndose.
-¿Gustar? No sé por qué no va a gustarme. ¿Es que le dejan a un chico blanquear una cerca todos los días?
Aquello puso la cosa bajo una nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana. Tom movió la brocha, coquetonamente, atrás y adelante; se retiró dos pasos para ver el resultado. Y en tanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada vez más y más interesado y absorto. Al fin dijo
-Oye, Tom: déjame encalar un poco.
Tom reflexionó. Estaba a punto de acceder, pero cambió de propósito.
-No, no; eso no podría ser, Ben. Ya ves..., mi tía Polly es muy exigente para esta cerca, porque está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? Pero si fuera la cerca trasera no me importaría, ni a ella tampoco. No sabes tú lo que le preocupa esta cerca; hay que hacerlo con la mar de cuidado; puede ser que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil, que pueda encalarla de la manera que hay que hacerlo.
-¡Quia!... ¿Lo dices de veras? Vamos, déjame que pruebe un poco, nada más que una miaja. Si tú fueras yo, te dejaría, Tom.
-De veras que quisiera dejarte, Ben; pero la tía Polly... Mira Jim también quiso, y ella no le dejó. Sid también quiso, y no lo consintió. ¿Ves por qué no puedo dejarte? ¡Si tú fueras a encargarte de esta cerca y ocurriese algo!
Anda..., ya lo haré con cuidado. Déjame probar. Mira, te doy el corazón de la manzana.
-No puede ser. No, Ben; no me lo pidas; tengo miedo...
-¡Te la doy toda!
Tom le entregó la brocha, con desgana en el semblante y con entusiasmo en el corazón. Y mientras el ex vapor Gran Missouri trabajaba y sudaba al sol, el artista retirado se sentó allí cerca, en una barrica, a la sombra, balanceando las piernas, se comió la manzana y planeó el degüello de más inocentes. No escaseó el material: a cada momento aparecían muchachos; venían a burlarse, pero se quedaban a encalar. Para cuando Ben se rindió de cansancio, Tom había ya vendido el turno siguiente a Billy Fisher por una cometa en buen uso; cuando éste se quedó aniquilado, Johnny Miller compró el derecho por una rata muerta con un bramante para hacerla girar, y así siguió y siguió hora tras hora. Y cuando avanzó la tarde, Tom, que por la mañana había sido un chico en la miseria, nadaba materialmente en riquezas. Tenía, además de las cosas que he mencionado, doce tabas, parte de un cornetín, un trozo de vidrio azul de botella para mirar las cosas a través de él, un carrete, una llave incapaz de abrir nada, un pedazo de tiza, un tapón de cristal, un soldado de plomo, un par de renacuajos, seis cohetillos, un gatito tuerto, un tirador de puerta, un collar de perro (pero sin perro), el mango de un cuchillo y una falleba destrozada. Había, entretanto, pasado una tarde deliciosa, en la holganza, con abundante y grata compañía, y la cerca ¡tenía tres manos de cal! A no habérsele agotado las existencias de lechada, habría hecho declararse en quiebra a todos los chicos del lugar.

Tom se decía que, después de todo, el mundo no era un páramo. Había descubierto, sin darse cuenta, uno de los principios fundamentales de la humana conducta, a saber: que para hacer que alguien, hombre o muchacho, anhele alguna cosa, sólo es necesario hacerla difícil de conseguir. Si hubiese sido un eximio y agudo filósofo, como el autor de este libro, hubiera comprendido entonces que el trabajo consiste en lo que estamos obligados a hacer, sea lo que sea, y que el juego consiste en aquello a lo que no se nos obliga. Y esto le ayudaría a entender por qué confeccionar flores artificiales o andar en el tread-mill1 es trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el Mont-Blanc no es más que divertimiento. Hay en Inglaterra caballeros opulentos que durante el verano guían las diligencias de cuatro caballos y hacen el servicio diario de veinte o treinta millas porque el hacerlo les cuesta mucho dinero; pero si se les ofreciera un salario por su tarea, eso la convertiría en trabajo, y entonces dimitirían.

Capítulo III

Tom se presentó ante su tía, que estaba sentada junto a la ventana, abierta de par en par, en un alegre cuartito de las traseras de la casa, el cual servía a la vez de alcoba, comedor y despacho.
La tibieza del aire estival, el olor de las flores y el zumbido adormecedor de las abejas habían producido su efecto, y la anciana estaba dando cabezadas sobre la calceta..., pues no tenía otra compañía que la del gato, y éste se hallaba dormido sobre su falda. Estaba tan segura de que Tom habría ya desertado de su trabajo hacía mucho rato, que se sorprendió de verle entregarse así, con tal intrepidez, en sus manos. Él dijo
-¿Me puedo ir a jugar, tía?
-¡Qué! ¿Tan pronto? ¿Cuánto has enjalbegado?
-Ya está todo, tía.
-Tom, no me mientas. No lo puedo sufrir.
-No miento, tía; ya está hecho todo.
La tía Polly confiaba poco en tal testimonio. Salió a ver por sí misma, y se hubiera dado por satisfecha con haber encontrado un veinticinco por ciento de verdad en lo afirmado por Tom. Cuando vio toda la cerca encalada, y no sólo encalada, sino primorosamente repasada con varias manos de lechada, y hasta con una franja de añadidura en el suelo, su asombro no podía expresarse en palabras.
-¡Alabado sea Dios! -dijo-. ¡Nunca lo creyera! No se puede negar: sabes trabajar cuando te da por ahí-. Y después añadió, aguando el elogio: -Pero te da por ahí rara vez, la verdad sea dicha. Bueno, anda a jugar; pero acuérdate y no tardes una semana en volver, porque te voy a tundir.
Tan emocionada estaba por la brillante hazaña de su sobrino, que lo llevó a la despensa, escogió la mejor manzana y se la entregó, juntamente con una edificante disertación sobre el gran valor y el gusto especial que adquieren los dones cuando nos vienen no por pecaminosos medios, sino por nuestro propio virtuoso esfuerzo. Y mientras terminaba con un oportuno latiguillo bíblico, Tom le escamoteó una rosquilla.
Después se fue dando saltos, y vio a Sid en el momento en que empezaba a subir por la escalera exterior que conducía a las habitaciones altas, por detrás de la casa. Había abundancia de terrones a mano, y el aire se llenó de ellos en un segundo. Zumbaban en tomo de Sid como una granizada, y antes de que la tía Polly pudiera volver de su sorpresa y acudir en socorro, seis o siete pedazos habían producido efecto sobre la persona de Sid, y Tom había saltado la cerca y desaparecido. Había allí una puerta; pero Tom, por regla general, andaba escaso de tiempo para poder usarla. Sintió descender la paz sobre su espíritu una vez que ya había ajustado cuentas con Sid por haber descubierto lo del hilo, poniéndole en dificultades.
Dio la vuelta a toda la manzana y vino a parar a una calleja fangosa, por detrás del establo donde su tía tenía las vacas. Ya estaba fuera de todo peligro de captura y castigo, y se encaminó apresurado hacia la plaza pública del pueblo, donde dos batallones de chicos se habían reunido para librar una batalla, según tenían convenido. Tom era general de uno de los dos ejércitos; Joe Harper (un amigo del alma), general del otro. Estos eximios caudillos no descendían hasta luchar personalmente -eso se quedaba para la morralla-, sino que se sentaban mano a mano en una eminencia y desde allí conducían las marciales operaciones dando órdenes que transmitían sus ayudantes de campo. El ejército de Tom ganó una gran victoria tras rudo y tenaz combate. Después se contaron los muertos, se canjearon prisioneros y se acordaron los términos del próximo desacuerdo; y hecho esto, los dos ejércitos formaron y se fueron, y Tom se volvió solo hacia su morada.
Al pasar junto a la casa donde vivía Jeff Thatcher vio en el jardín a una niña desconocida: una linda criaturita de ojos azules, con el pelo rubio peinado en dos largas trenzas, delantal blanco de verano y pantalón con puntillas. El héroe, recién coronado de laureles, cayó sin disparar un tiro. Una cierta Amy Lawrence se disipó en su corazón y no dejó ni un recuerdo atrás. Se había creído locamente enamorado, habíale parecido su pasión un fervoroso culto, y he aquí que no era más que una trivial y efímera debilidad. Había dedicado meses a su conquista; apenas hacía una semana que ella se había rendido; había él sido durante siete breves días el más feliz y orgulloso de los chicos, y allí, en un instante, la había despedido de su pecho sin un adiós.
Adoró a esta repentina y seráfica aparición con furtivas miradas, hasta que notó que ella le había visto; fingió entonces que no había advertido su presencia, y empezó «a presumir» haciendo toda suerte de absurdas e infantiles habilidades para ganarse su admiración. Continuó por un rato la grotesca exhibición; pero a poco, y mientras realizaba ciertos ejercicios gimnásticos arriesgadísimos, vio con el rabillo del ojo que la niña se dirigía hacia la casa. Tom se acercó a la valla y se apoyó en ella afligido, con la esperanza de que aún se detendría un rato. Ella se paró un momento en los escalones y avanzó hacia la puerta. Tom lanzó un hondo suspiro al verle poner el pie en el umbral; pero su faz se iluminó de pronto, pues la niña arrojó un pensamiento por encima de la valla antes de desaparecer. El rapaz echó a correr y dobló la esquina, deteniéndose a corta distancia de la flor; y entonces se entoldó los ojos con la mansa y empezó a mirar calle abajo, como si hubiera descubierto en aquella dirección algo de gran interés. Después cogió una paja del suelo y trató de sostenerla en equilibrio sobre la punta de la nariz, echando hacia atrás la cabeza; y mientras se movía de aquí para allá, para sostener la paja, se fue acercando más y más al pensamiento, y al cabo le puso encima su pie desnudo, lo agarró con prensiles dedos, se fue con él renqueando y desapareció tras la esquina. Pero nada más que por un instante; el preciso para colocarse la flor en un ojal, por dentro de la chaqueta, próxima al corazón o probablemente al estómago, porque no era ducho en anatomía, y en modo alguno supercrítico.
Volvió enseguida y rondó en torno de la valla hasta la noche, «presumiendo» como antes; pero la niña no se dejó ver, y Tom se consoló pensando que quizá se habría acercado a alguna ventana y habría visto sus homenajes. Al fin se fue a su casa de mala gana, con la cabeza llena de ilusiones.
Durante la cena estaba tan inquieto y alborotado, que su tía se preguntaba «qué es lo que le pasaría a ese chico». Sufrió una buena reprimenda por el apedreamiento, y no le importó ni un comino. Trató de robar azúcar, y recibió un golpe en los nudillos. Tía -dijo-, a Sid no le pegas cuando la coge.
-No; pero no la atormenta a una como me atormentas tú. No quitarías mano al azúcar si no te estuviera mirando.
A poco se metió la tía en la cocina, y Sid, glorioso de su inmunidad, alargó la mano hacia el azucarero, lo cual era alarde afrentoso para Tom, a duras penas soportable. Pero a Sid se le escurrieron los dedos y el azucarero cayó y se hizo pedazos. Tom se quedó suspenso, en un rapto de alegría; tan enajenado, que pudo contener la lengua y guardar silencio. Pensaba que no diría palabra, ni siquiera cuando entrase su tía, sino que seguiría sentado y quedo hasta que ella preguntase quién había hecho el estropicio; entonces se lo diría, y no habría cosa más gustosa en el mundo que ver al «modelo» atrapado. Tan entusiasmado estaba que apenas se pudo contener cuando volvió la anciana y se detuvo ante las ruinas, lanzando relámpagos de cólera por encima de las gafas. «¡Ahora se arma!», pensó Tom. Y en el mismo instante estaba despatarrado en el suelo. La recia mano vengativa estaba levantada en el aire para repetir el golpe, cuando Tom gritó:
-¡Quieta! ¿Por qué me zurra? ¡Sid es el que lo ha roto!
Tía Polly se detuvo perpleja, y Tom esperaba una reparadora compasión. Pero cuando ella recobró la palabra, se limitó a decir:
-¡Vaya! No te habrá venido de más la tunda, se me figura. De seguro que habrás estado haciendo alguna otra trastada mientras yo no estaba aquí.
Después le remordió la conciencia, y ansiaba decir algo tierno y cariñoso; pero pensó que esto se interpretaría como una confesión de haber obrado mal, y la disciplina no se lo permitió; prosiguió, pues, sus quehaceres con un peso sobre el corazón. Tom, sombrío y enfurruñado, se agazapó en un rincón, y exageró, agravándolas, sus cuitas. Bien sabía que su tía estaba, en espíritu, de rodillas ante él, y eso le proporcionaba una triste alegría. No quería arriar la bandera ni darse por enterado de las señales del enemigo. Bien sabía que una mirada ansiosa se posaba sobre él de cuando en cuando, a través de lágrimas contenidas; pero se negaba a reconocerlo. Se imaginaba a sí mismo postrado y moribundo y a su tía inclinada sobre él, mendigando una palabra de perdón; pero volvía la cara a la pared, y moría sin que la palabra llegase a salir de sus labios. ¿Qué pensaría entonces su tía? Y se figuraba traído a casa desde el río, ahogado, con los rizos empapados, las manos flácidas y su mísero corazón en reposo. ¡Cómo se arrojaría sobre él, y lloraría a mares, y pediría a Dios que le devolviese su chico, jurando que nunca volvería a tratarle mal! Pero él permanecería pálido y frío, sin dar señal de vida...; ¡pobre mártir cuyas penas habían ya acabado para siempre! De tal manera excitaba su enternecimiento con lo patético de esos en sueños, que tenía que estar tragando saliva, a punto de atosigarse; y sus ojos enturbiados nadaban en agua, la cual se derramaba al parpadear y se deslizaba y caía a gotas por la punta de la nariz. Y tal voluptuosidad experimentaba al mirar y acariciar así sus penas, que no podía tolerar la intromisión de cualquier alegría terrena o de cualquier inoportuno deleite; era cosa tan sagrada que no admitía contactos profanos; y por eso, cuando su prima Mary entró dando saltos de contenta, encantada de verse otra vez en casa después de una eterna ausencia de una semana en el campo, Tom se levantó y, sumido en brumas y tinieblas, salió por una puerta cuando ella entró por la otra trayendo consigo la luz y la alegría. Vagabundeó lejos de los sitios frecuentados por los rapaces y buscó parajes desolados, en armonía con su espíritu. Una larga almadía de troncos, en la orilla del río, le atrajo, y sentándose en el borde, sobre el agua, contempló la vasta y desolada extensión de la corriente. Hubiera deseado morir ahogado; pero de pronto y sin darse cuenta, y sin tener que pasar por el desagradable y rutinario programa ideado para estos casos por la naturaleza. Después se acordó de su flor. La sacó, estrujada y lacia, y su vista acrecentó en alto grado su melancólica felicidad. Se preguntó si ella se compadecería si lo supiera. ¿Lloraría? ¿Querría poder echarle los brazos al cuello y consolarlo? ¿O le volvería fríamente la espalda, como todo el resto de la humanidad? Esta visión le causó tales agonías de delicioso sufrimiento, que la reprodujo una y otra vez en su magín y la volvía a imaginar con nuevos y variados aspectos, hasta dejarla gastada y pelada por el uso. Al fin se levantó dando un suspiro, y partió entre las sombras. Serían las nueve y media o las diez cuando vino a dar a la calle, ya desierta, donde vivía la amada desconocida. Se detuvo un momento: ningún ruido llegó a sus oídos; una bujía proyectaba un mortecino resplandor sobre la cortina de una ventana del piso alto. ¿Estaba ella allí? Trepó por la valla; marchó con cauteloso paso por entre las plantas hasta llegar bajo la ventana; miró hacia arriba largo rato, emocionado; después se echó en el suelo, tendiéndose de espaldas, con las manos cruzadas sobre el pecho y en ellas la pobre flor marchita Y así quisiera morir..., abandonado de todos, sin cobijo sobre su cabeza, sin una mano querida que enjugase el sudor de su frente, sin una cara amiga que se inclinase sobre él, compasiva, en el trance final. Y así lo vería ella cuando se asomase a mirar la alegría de la mañana..., y ¡ay!, ¿dejaría caer una lágrima sobre el pobre cuerpo inmóvil, lanzaría un suspiro al ver una vida juvenil tan intempestivamente tronchada?
La ventana se abrió; la voz áspera de una criada profanó el augusto silencio, y un diluvio de agua dejó empapados los restos del mártir tendido en tierra.
El héroe, medio ahogado, se irguió de un salto, resoplando; se oyó el zumbido de una piedra en el aire, entremezclado con el murmullo de una imprecación; después, como un estrépito de cristales rotos, y una diminuta forma fugitiva saltó por encima de la valla y se alejó, disparada, en las tinieblas.

Poco después, cuando Tom, desnudo para acostarse, examinaba sus ropas remojadas a la luz de un cabo de vela, Sid se despertó; pero si es que tuvo alguna idea de hacer «alusiones personales», lo pensó mejor y se estuvo quieto..., pues en los ojos de Tom había un brillo amenazador. Tom se metió en la cama sin añadir a sus enojos el de rezar, y Sid apuntó en su memoria esta emisión.